
Fotografía: Chema Madoz
Mitades desiguales.
Tengo el ojo azul. Mi otra mitad lo tiene verde. Es la única cosa que nos diferencia físicamente. En lo demás tampoco somos iguales. Yo tengo corazón. Pero no corazón físico, que también tengo un poquito, no el que late. Ese no. Este corazón lo pongo yo por que quiero. Mi otra mitad tiene corazón sólo para seguir viviendo. Estamos separados gracias a un certero y exacto golpe. A partir de ese día, andamos cada mitad por su lado. Al principio me costó, después de tantos años siendo una unidad me fallaba el equilibrio y me iba hacia el lado derecho. Tenía que ir agarrándome a cualquier cosa.
Asimilamos bien la derrota pero el fracaso fue no haber continuado unidos.
Cada día que pasa quiero más a mi otra mitad. Y la quiero por que lo necesita. Porque no sabe querer. Se le olvidó. Sé que cuando éramos uno, esa misión era mía.
Pocas cosas hay más vinculantes que un pasado en común, para lo bueno y para lo malo. Yo me aferré a mis recuerdos, selectos y elegidos, inolvidables para crear un presente y tener un futuro.
Últimamente me siento un poco paranoico y he llegado a la conclusión de que nunca seré del todo libre sin mi otra mitad. Sumando dos mitades se llega a una unidad. Puede que ella no me necesite a mí, pero yo me muero sin ella.
Victoria Quiles.
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Mitades pendientes.
A ambos, mitad, nos cuesta subir la pendiente.
Tú, mitad, tiras de mi tirando de ti. Tú sudando mi sudor; yo, mitad, expulsando tu dióxido. Los dos somos un par de siluetas indefinidas en el paisaje, dibujando torpemente la línea que se eleva hacia el cielo y luego cae en picado.
Tanteamos, tanteas, el camino que queda y te preguntas cuánto tardaremos en llegar. Tú, mitad, tienes prisa por alcanzar la cima.
Una vez arriba nos miramos en silencio y compartimos el brebaje que nos esperaba. Nos esforzamos, me esfuerzo, por encontrar los raros y ocultos matices que ese sabor me ofrece. Agotado el brebaje, unimos las manos y saltamos al vacío. La caída seca el sudor, retiene el dióxido.
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A ambos, mitad, nos cuesta la vida subir la pendiente.
Yo, mitad, tiro de ti tirando de mi. Yo sudando tu sudor; tú, mitad, expulsando mi dióxido. Los dos somos un par mitades que suben una maldita cuesta.
Tanteamos, tanteo, el camino que queda y me pregunto qué estoy haciendo.
Una vez arriba nos miramos en silencio y compartimos el brebaje que nos esperaba. Este sabor añejo me taladra el paladar y me nubla la vista. Agotado el brebaje, unimos las manos y saltamos al vacío. Caemos.
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El ángulo entre mi pendiente y tu planicie alberga ciudades.
Agudo, aplastadas; obtuso, dormidas.
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