Mitades.

12 06 2008

Fotografía: Chema Madoz

Mitades desiguales.

Tengo el ojo azul. Mi otra mitad lo tiene verde. Es la única cosa que nos diferencia físicamente. En lo demás tampoco somos iguales. Yo tengo corazón. Pero no corazón físico, que también tengo un poquito, no el que late. Ese no. Este corazón lo pongo yo por que quiero. Mi otra mitad tiene corazón sólo para seguir viviendo. Estamos separados gracias a un certero y exacto golpe. A partir de ese día, andamos cada mitad por su lado. Al principio me costó, después de tantos años siendo una unidad me fallaba el equilibrio y me iba hacia el lado derecho. Tenía que ir agarrándome a cualquier cosa.
Asimilamos bien la derrota pero el fracaso fue no haber continuado unidos.
Cada día que pasa quiero más a mi otra mitad. Y la quiero por que lo necesita. Porque no sabe querer. Se le olvidó. Sé que cuando éramos uno, esa misión era mía.
Pocas cosas hay más vinculantes que un pasado en común, para lo bueno y para lo malo. Yo me aferré a mis recuerdos, selectos y elegidos, inolvidables para crear un presente y tener un futuro.
Últimamente me siento un poco paranoico y he llegado a la conclusión de que nunca seré del todo libre sin mi otra mitad. Sumando dos mitades se llega a una unidad. Puede que ella no me necesite a mí, pero yo me muero sin ella.

Victoria Quiles.

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Mitades pendientes.

A ambos, mitad, nos cuesta subir la pendiente.

Tú, mitad, tiras de mi tirando de ti. Tú sudando mi sudor; yo, mitad, expulsando tu dióxido. Los dos somos un par de siluetas indefinidas en el paisaje, dibujando torpemente la línea que se eleva hacia el cielo y luego cae en picado.

Tanteamos, tanteas, el camino que queda y te preguntas cuánto tardaremos en llegar. Tú, mitad, tienes prisa por alcanzar la cima.

Una vez arriba nos miramos en silencio y compartimos el brebaje que nos esperaba. Nos esforzamos, me esfuerzo, por encontrar los raros y ocultos matices que ese sabor me ofrece. Agotado el brebaje, unimos las manos y saltamos al vacío. La caída seca el sudor, retiene el dióxido.

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A ambos, mitad, nos cuesta la vida subir la pendiente.

Yo, mitad, tiro de ti tirando de mi. Yo sudando tu sudor; tú, mitad, expulsando mi dióxido. Los dos somos un par mitades que suben una maldita cuesta.

Tanteamos, tanteo, el camino que queda y me pregunto qué estoy haciendo.

Una vez arriba nos miramos en silencio y compartimos el brebaje que nos esperaba. Este sabor añejo me taladra el paladar y me nubla la vista. Agotado el brebaje, unimos las manos y saltamos al vacío. Caemos.

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El ángulo entre mi pendiente y tu planicie alberga ciudades.
Agudo, aplastadas; obtuso, dormidas.





Pienso en irme.

9 06 2008

Fotografía: Jan Saudek


Pienso en irme

Pienso en escribir una historia donde cuente cómo cambia mi respiración al pensar en irme. Ante la destrucción, cuido con demasiado esmero la manera más perversa de hacerte daño. Por ejemplo, una tarde de domingo cuando parece que todo se para a la espera de un gran acontecimiento. Entonces te daré el regalo prometido que tanto tiempo llevas esperando. Un lujoso envoltorio, con un gran lazo amarillo. ¡Un reloj!, dirás sorprendido. ¿Te gusta, cariño? Tendré mis maletas preparadas y antes de que me eches de menos, me habré ido. Así es como gira el mundo. Con certeza, con entusiasmo, con la dicha de una aventura lograda. No hay posibilidad de error. Amor, ¿dónde estás?. Alguien te encontrará días después con la lengua fuera y los ojos desorbitados. Y las agujas del reloj aprentándote fuertemente el cuello. Si tardan demasiado en ir, a lo mejor el perro se come ese cuerpo por el que has luchado tanto en el gimnasio. Mientras, el pequeño minutero seguirá girando sin enterarse de nada.

Victoria Quiles.